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Documentando la violencia política

por | Jun 6, 2014 | Informes

En el festival EDOCS 2014 fueron presentados dos documentales que abordan las causas e implicaciones de la violencia auspiciada por proyectos ideológicos y organizaciones políticas obsesionados con el poder, el control y la imposición de utopías sangrientas.Estas miradas indagan en el dolor humano que produce el totalitarismo y su ánimo de aterrar para que nadie se le oponga.

En ‘The act of killing’ (2012), que en español equivale a ‘El acto de matar’, su director, Joshua Oppenheimer, examina la cultura de la violencia que fue promovida durante la dictadura del general Suharto, que se extendió entre 1965 y 1998 en Indonesia. Suharto, inspirado en modelos occidentales, implantó estabilidad política y económica para su país, una antigua colonia holandesa, promoviendo estos cambios de inspiración foránea con puño de hierro. Este orden finalmente se desmoronó debido a la crisis asiática de fines de los noventa y una pirámide de corrupción estatal que se tornó insostenible.

Para garantizar la solidez de su régimen, una de las estrategias de Suharto fue militarizar todos los niveles de la vida social. Tal proyecto estuvo fundamentado en una cacería en contra de todo comunista o militante de izquierda y, por cruel asociación, cualquier individuo de origen chino. Esas condiciones favorecieron la aparición de grupos gansteriles y paramilitares, auspiciados por el régimen del dictador, para mantener el orden y, claro está, cometer los crímenes necesarios para aplastar a la oposición política.  Escuadrones de matones fomentaron el terror en la vida cotidiana de Indonesia, al tiempo que sus cabecillas se convirtieron en prósperos líderes políticos, empresarios y  déspotas locales dedicados a la extorsión.

Oppenheimer trabó contacto con algunos de estos caciques y sus lugartenientes, ya entrados en años, para proponerles un proyecto de corte cinematográfico: recrear como actores, y frente a las cámaras,  los crímenes que había cometido décadas atrás. Aunque suene difícil de creer, el director halló un grupo de antiguos maleantes que estaban deseosos de inmortalizar sus ‘hazañas’ en video. La  cámara registró esas truculentas historias tal si fuera una gesta épica narrada por sus protagonistas.

Para los gánsteres que colaboraron con el documental sus fechorías del pasado eran motivo de orgullo y cínico deleite, pues en Indonesia todavía hay un discurso que aún recibe la anuencia de la clase política y legitima las muertes y torturas para defender un proyecto político. A través de innumerables conversaciones y aterradoras puestas en escena, Oppenheimer va examinando el etos de una pandilla en posición de poder que fomentó la violencia de forma exuberante, poniendo en práctica lo que aprendía de películas de Hollywood sobre vaqueros y hombres duros.

‘The act of killing’ propone varias discusiones éticas y morales, entre las que se incluye la decisión del director de inmortalizar en video a un grupo de asesinos sin escrúpulos -¿amplificar mediáticamente la perversidad humana?-. Sin embargo, nadie le puede negar a Oppenheimer el logro de haber documentado la violencia de Estado con una profundidad sicológica y emocional como quizás se haya hecho pocas veces. Otra cuestión inquietante tiene que ver con las formas en las que razonan los tiranos y su corte de represores. Es decir, la manera en que se justifica la brutalidad institucionalizada con argumentos que exaltan la defensa de utopías, intereses nacionales y demás abstracciones patrióticas.  En un momento clave del documental uno de los gánsteres medita acerca del hecho de que siempre son los triunfadores los que definen cuándo la violencia es civilizada y aceptable, ejercida por las “causas correctas”, y cuándo es nombrada como “crímenes de guerra”.

‘L’image Manquante’, ‘La imagen perdida’ (2013), del director Rithy Panh, ganadora del premio Un Certain Regard en Cannes, también aborda el tema de la violencia política, pero desde un enfoque más poético. El punto de atención del director es la Camboya de los Jemeres Rojos (Khmer Rouge), grupo comunista radical de corte maoísta, que entre 1975 y 1979 implantó un régimen que aplicó un proyecto colectivista basado en migraciones masivas y forzadas al campo, el abandono de las ciudades, la abolición del dinero y la propiedad privada. Como resultado de las inhumanas condiciones de trabajo, hambruna, falta de atención médica y ejecuciones, murieron alrededor de un millón y medio de personas, cifra equivalente al veinte por ciento de la población total de aquel entonces.

A parte de efectuar una profunda investigación de archivo, Panh, cuya familia murió en un campo de refugiados, recreó los horrores de los años de los Jemeres Rojos, valiéndose de animaciones de pequeñas figuras talladas en madera que representaban a su familia, amigos y la sociedad camboyana. El resultado es una historia intimista y conmovedora que se va deshilvanando de a poco entre memorias y pequeños hallazgos cariñosos, que se intersectan con filmes de la época elaborados por el gobierno comunista como propaganda dirigida a promocionar una Camboya de gente feliz, industriosa y comprometida con un proyecto utópico.

‘La imagen perdida’ es una dolorosa travesía que nos permite ver los implacables mecanismos que engendran cierta clase de regímenes para aplastar las libertades y uniformizar las conciencias individuales y los modos de pensar de una sociedad. Es una denuncia acerca de cuan alocados pueden ser los designios de un líder supremo, en el caso de Camboya el sanguinario Pol Pot, para que los otros, despojados de su libre albedrío, se conviertan en pasivos autómatas que llevan a cabo un sueño colectivista que pisotea cualquier forma de diferencia.

La Indonesia y la Camboya retratadas en los documentales aquí referidos nos recuerdan de algún modo las realidades políticas latinoamericanas, pues estas naciones sufrieron el colonialismo europeo, sangrientas guerras civiles y dramáticas transiciones como resultado de la aplicación de modelos ideológicos opuestos. La violencia política de esas latitudes y épocas en algo se parece a las agresiones que hoy en día padecemos por la aplicación a rajatabla de programas ideológicos que en el fondo disfrazan corruptelas, dictaduras y dictadores que pretenden honores monárquicos mientras fanáticamente, tal si fueran redentores, anhelan cambiar el “curso de la historia”.

Por Christian Oquendo

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